El Último Round / Ganarle a la crisis no es solamente llevar comida a casa

Por: Jessica Dos Santos Jardim

Para mí, el 2019 fue una especie de podio de llegada, al que, tras mil obstáculos, yo había conseguido arribar. Sin embargo, un par de semanas después, mi ánimo decembrino se había esfumado.

El año nuevo me recibió con más de un problema: una de las puertas de vidrio de mi ducha se salió del carril y se me vino encima. El accidente, afortunadamente, solo me dejo cortadas menores. No obstante, mi cuerpo decidió exagerar, así que el sangrero y la impresión me mantuvieron en estado de shock durante varios minutos.

“Mierda, no, en cualquier hospital la pasaré mal, no tengo dólares para una clínica, ¿qué hago? ¿A quién llamo?”, pensé en medio del temblor.  Al rato, me auxiliaron. Me curaron las heridas. Limpiaron el desastre. Se rieron de mi mala suerte e intentaron que yo hiciese lo mismo. Pero, con el paso de los días, a mi me seguía dando temor tan siquiera entrar al baño. De ñapa, averigüé que la misma puerta costaba 90$.

En medio de aquel berenjenal, el radiador de mi carro también se daño.  900 mil bolívares soberanos el repuesto original, 250 mil el de plástico chino, 215 mil construir uno de aluminio. Y 0 bolívares en mi cuenta.

De golpe, tras muchísimos días sin agua (aunque hubiese bastante luz), todo lo relacionado con el fregador de mi cocina empezó a joder.

Entonces, una rara fiebre (que iba y venía sin ton ni son) se apoderó de mi, me dolía la cabeza, me pesaba el cuerpo, sentía puntadas en el colón. Estaba mal, al punto que yo, que nunca o casi nunca acepto tomar medicamentos, quería tapuzarme con cualquier cosa que lograse devolverme las fuerzas… Hasta que mi periodo se perdió.

Por primera vez en mi vida, mi regla, puntualísima ella, tenía dos semanas de retraso. No obstante, yo sentía todos los síntomas con más fiereza que nunca. “Lo que me faltaba: estoy preñada”, pensé. Sin dudarlo, llamé a mi ginecóloga para que me atendiese fiado. Con 10 años conociéndonos, es lo mínimo que ella podía hacer por mí.

“No estás embarazada. De hecho, tanto los valores como el eco indican que tu cuerpo está menstruando pero en la realidad no es así”, me explicó. “Así que… ¿qué más te pasa?”, se atrevió a preguntar. Acto seguido, yo estallé en llanto durante una hora.

“Es que… se cayó la puerta, se jodió el carro, se volvió mierda la cocina, tengo como 10 trabajos y no he podido resolver, estoy cansada, no quiero nada. Tampoco me sirve hablar con mis afectos: unos me dicen que son cosas que pasan, problemas menores, como si no supieran que en Venezuela cualquier cosa que necesite plata es un drama; otros me juran que si pienso positivo todo va a pasar, como si la culpa fuese de mi cabeza y todo lo demás marchase muy bien; algunos me repiten a cada instante que hay gente con cáncer y que los niños en África tienen hambre, o sea, que mis problemas no son problemas; y hay quienes se burlan de ‘mis dramas de clase media venida a menos’ con la superioridad que les otorga ser más arrechos y rojos que nadie; y está bien, todos tienen razón, incluso los últimos, pero no me ayudan. De paso, doctora, en mis redes sociales, por ejemplo, la gente es súper feliz, los que se fueron, los que se quedaron, todos. Fíjese, ahí nadie tiene rollos. En cambio, míreme a mí, míreme, me acercó a los 30, empieza la presión social para que sea mamá ya, y resulta que a mi todavía me da miedo hasta la oscuridad. Dígame ¿soy una idiota? ¿Por qué no puedo ser una tipa arrecha?”, le dije, así, sin punto y aparte, sin detenerme, sin respirar, sin pensar mis oraciones. Lloré. Lloré burda.

Beherenis sonrió.

  • “¿Qué te gusta hacer cuando te sientes así?”, me dijo.
  • “No sé… Trotar”, respondí dudosa.
  • “Ve y hazlo”.

A la mañana siguiente yo salí a cumplir mi palabra. A la primera vuelta me di cuenta que no podía, que en algún punto yo había perdido todas mis condiciones físicas.

  • “No puedo, doctora. Ni siquiera esto puedo”.
  • “Sigue”, respondió.

Fui a la oficina y pedí todas mis vacaciones vencidas ante la mirada de quien probablemente consideró inadmisible que yo dejase el coroto en medio de la autoproclamación de Guaidó y con las calles ardiendo. Yo misma me lo cuestioné varias veces.Pero lo hice. Y seguí. Seguí todas las mañanas.

A las semanas, aún me costaba. Pero, el aire fresco me estaba ayudando a recapitular: Resulta que yo llevaba más de dos años trabajando sin parar, en mi trabajo formal, pero también en cuanto tigre explotador que me diese más de 10 dólares surgiese, para intentar mantener un poquito “mi estabilidad” (no mi calidad o nivel o etc de vida sino “mi estabilidad”): tener carne algunos días, no devolverme a la casa de mis padres, no vender el carro a precio de gallina flaca, no abandonar tal o cual cosa (no tener que dejar de dar clases, por ejemplo), y no irme, porque yo decidí no irme.

Pero, a la par, había tenido que cargar y buscar resolver los peos de un gentío: los más viejos, los que se enfermaron, al que despedí de este plano, los más chiquitos, la pareja, los amigos, la casa, el carro, la oficina, el trabajo en la comunidad. Porque, por alguna razón, las mujeres funcionamos así. Y acá, tanto el gobierno como la oposición, ha hecho propaganda con eso. Pero solamente nosotras sabemos a ciencia cierta lo que ha implicado esta crisis para cada una. Porque yo, probablemente desde mi completa ignorancia y delirios de clase media (como dicen algunos) creo que las mujeres, excepto las que realmente tienen muuuucha plata, han padecido este peo también desde lo anímico. Y asegurar que “las del barrio no se detienen con mariqueras” es reducirlas a una maquinita que no echa lágrimas.

Esto, sin notarlo, me hizo dejar a un lado un sinfín de cosas que eran fundamentales para mí, pero que (por todo lo anterior) yo había olvidado: trotar, pasear, dormir más de 5 horas, comerme un helado sin pensar que eso me descuadrara todo el trimestre, ver gringadas donde Jennifer Aniston me muestre lo bella que es, mirar películas serias que me hagan pensar, militar en algo más que “tienes hasta el 5 para depositar la caja clap, dame el número de transferencia, el transporte son tanto en efectivo”, leer novelas, hablar de cosas finas.

En medio de estas vueltas a la pista, intenté mirar, escuchar, sentir. Más de una vez me descubrí con el corazón hecho una pasa por la alegría de un niño que aprendía a volar papagayo, risueña por la conversación de un par de liceístas, conmovida por la firmeza de un viejito que pase lo que pase sale siempre a caminar, enamorada de las parejas que se aman, es decir, reconectándome con la vida, porque, aún en medio de cualquier escenario, hay y siempre habrá vida.

Así que hoy creo que escribo este texto solo con dos propósitos:

1-Que ustedes me cuenten si han tenido algún capitulo similar, porque, quizás, yo necesito leerlas (en especial a las mujeres) y ustedes necesiten soltar. Vamos, no todo es tan idílico como muestra nuestro instagram.

2-Recordarles a todos que hay cosas que uno no puede dejar de hacer bajo ningún concepto, así que, por muy jodida que este la vaina, llame a su novia, cargue a su bebé, busque a sus viejos, convide a algún pana, y disfrute. Yo ayer bajé a la playa, con unas empanaditas rellenas de guiso, unos tostones caseros, y 2 litros de agua congelados. Fui y regresé con los mismos problemas, pero me permití ser feliz un rato, muy a pesar de ellos.

De hecho, por estos días, me dio por ojear los textos de un biólogo celular norteamericano que alguna vez llegué a leer, y los siguientes párrafos se quedaron flotando en mi cabeza:

“Si abro los ojos y veo algo que me asusta, segrego hormonas del estrés. Y estas hacen dos cosas. La primera es que frenan el crecimiento del cuerpo. Porque si me está persiguiendo un león, necesito toda la energía para poder escaparme, y mi organismo apaga todo lo que no sea imprescindible para correr más rápido, así que se paraliza todo lo que tiene que ver con el crecimiento. La gente no lo sabe, pero tienes que crecer todos los días, porque, si no, te mueres. Cada día cientos de billones de células mueren y tienes que ir produciendo nuevas. Cada tres días, el sistema digestivo renueva sus células, pero si se interfiere con ese crecimiento, entonces no puedo estar sano porque estoy perdiendo demasiadas células al día, por eso la quimioterapia hace que se caiga el pelo y crea problemas de digestión, porque mata todas las células, no solo las del cáncer. Y la segunda consecuencia es que se apaga el sistema inmunitario. Por ejemplo, si me trasplantaran un corazón, mi sistema inmunitario lo rechazaría. En esos casos, los médicos dan hormonas del estrés y eso impide que funcione el sistema inmunitario. Por eso, bajo estrés, virus nocivos pueden atacarme fácilmente. Cuando estás bajo mucho estrés, te enfermas”.

Perdonen mi “jipismo”. Pero, últimamente mucha gente a mí alrededor anda chucuta: son de 30 y se sienten de 50, se les cae el cabello (como a mí, nuevamente), andan mal del estomago a cada rato, les dio un ACV “inexplicable”, aparecieron células cancerígenas, etc., etc., y entonces una enciende las alarmas: Ganarle a la crisis no es solamente llevar comida a la casa. Volvimos y seguimos.