Orlando Araujo y la violencia en el campo

Por: Lenin Brea

Más allá de la contradicción inherente a la idea de burguesía nacionalista o revolucionaría, cuestión que es poco importante [1], la declaración del ministro de Producción Agrícola y Tierras, Wilmar Castro Soteldo, transmite un mensaje político doble.

De una parte, la evidente, promueve un proyecto basado en la preeminencia del capital en la producción agrícola. Quiere, pues, legitimar la situación actual en la cual una parte del capital latifundista junto al vinculado a la producción y distribución de insumos agrícolas, domina en la sombra.

Que enuncie claramente esto, después de todo, no es tan malo. Contribuye a que cada quien, individual o colectivamente, conozca la voluntad política del ministro y en tal sentido  aclara la situación: al menos en lo relativo a la política agraria el Gobierno nacional se mueve a la derecha.

Pero más importante y peligroso es que con sus decires el ministro legitima la situación de violencia vigente en el campo. Así como el dominio del capital en el campo debe ser lo legítimo, la violencia, que de momento es ilegal, debe ser lo legal, esto es, asumida abiertamente por el Estado. Es como si dijese: “La violencia ilegal en el campo se acabara cuando legalicemos la violencia actual”.

Que las reflexiones del ministro vengan articuladas al discurso de Orlando Araujo en Venezuela violenta adquiere entonces todo su significado.

“Muchos se sentirán defraudados de que aquí no aparezcan ni el dictador Pérez Jiménez ni Rómulo Betancourt ni Leoni como padres de la violencia: a lo sumo quedan como hijos legítimos o bastardos de una violencia que los tuvo a su servicio. Este no es, tampoco, un libro sobre las guerrillas a pesar de que a ellas dedicamos buena parte del ensayo: dentro de nuestro análisis y puesta en su perspectiva histórica, el auge o la depresión de la lucha armada es un fenómeno coyuntural dentro de la realidad estructural de la liberación. Por todo ello, no le sorprenda a nadie que para buscar a fondo el sentido de la violencia nosotros hagamos con toda seriedad un estudio del problema agrario, industrial y petrolero, así como un análisis de la situación de la burguesía venezolana”. [2]

Ahora, como en el puntofijismo, la violencia en el campo y en los otros ámbitos de la vida social es un medio al servicio de la burguesía. Puede que en Venezuela la burguesía haya sido parasitaria, pero no ha sido ni más ni menos violenta que las burguesías nacionalistas de otros lares. Esto es lo esencial del pensamiento de Araujo, quien, dicho sea de paso, no promovía el capitalismo nacionalista, sino la insurrección revolucionaria. Sin embargo, es un hecho que la burguesía parasitaria tenía, en conjunción con el Estado, una forma particular de ejercer la violencia, que fue el tema de la investigación de Araujo. No entraré en el detalle de esto y dejo aquí el link de su trabajo.

Lo importante en adelante, para tomarse en serio a Araujo, serían dos cuestiones: la primera pasa por pensar qué diría él de la situación del campo en la actualidad: ¿En qué relación están las instituciones públicas con el capital latifundista y el vinculado a la distribución de insumos para la producción? ¿En qué relación está con respecto al campesinado? ¿Es que la gestión del ministerio apunta o ha apuntado a la independencia productiva de la burguesía o más bien al establecimiento de vínculos de dependencia entre una parte del capital y las instituciones del Estado? ¿En qué situación está la política de apoyo al campesinado establecida por el presidente Chávez?

La otra cuestión, íntimamente vinculada a la anterior, es, por supuesto, la de la violencia: ¿Cómo es la forma específica de violencia del capital en su vínculo con el Estado en la actualidad? ¿Qué relación hay entre el sicariato y las instituciones públicas, y en particular con el Ministerio de Producción Agrícola y Tierras, las fuerzas de seguridad y la administración de justicia?

A unos meses de la Marcha Campesina Admirable y a pesar de que el Gobierno y el Poder Legislativo constituyente se comprometieron a tomar el buen camino, todo parece indicar que nada ha cambiado para mejor. La violencia sigue campante, las autoridades cuestionadas por los campesinos siguen actuando por sus fueros y la distribución de la riqueza pública, incluida la tierra, sigue favoreciendo a los amos de siempre y sus nuevos colegas.

[1] La poca relevancia de esta cuestión está en un hecho después de todo sencillo. El capital puede parasitar cualquier ideología, valor, cultura. En tal sentido el capital no necesita, por ejemplo, del patriarcado y puede funcionar en un matriarcado; también puede ser perfectamente islamista, nacionalista, indigenista, ecologista, (como por ejemplo en la película Avatar), multiculturalista, etc. El hecho de que exista una contracción lógica o de sentido en el sintagma “burguesía revolucionaría” no cambia el hecho de que la burguesía pueda presentarse como tal.

[2] Orlando Araujo. Venezuela Violenta.

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