Pedagogía del Especulado / ¿Adiós al Bolívar?

Por: Luis Salas Rodríguez

Como es de conocimiento público, el pasado 3 de diciembre el presidente Nicolás Maduro hizo un anuncio tan sorprendente como elegante: el lanzamiento de una criptomoneda venezolana denominada Petro.

El propósito de la misma, según lo dicho por el propio presidente ese mismo día, sería «avanzar en materia de soberanía monetaria (…) hacia nuevas formas de financiamiento internacional para el desarrollo económico y social del país». O como se nos ha dicho desde entonces: «superar el bloqueo económico y financiero contra el país y derrotar la hegemonía del dólar».

A raíz de este anuncio, acá en 15yultimo.com publicamos un artículo donde, tal y como reza el título, nos concentramos en hacer algunos alertas sobre los riesgos e implicaciones de una medida como ésta. Algunos lo interpretaron como una crítica, lo que es absurdo considerando que, en sentido estricto, no puede criticarse algo que todavía no existe. A lo sumo, lo que hicimos fue una proyección partiendo del viejo y conocido principio según el cual, una acción o decisión pueden –y de hecho, suelen- generar resultados no deseados ni previstos por su ejecutante o promotor.

Como se recordará, nuestra principal alerta tenía que ver con el anuncio del respaldo en reservas mineras venezolanas del Petro.  En lo fundamental, se dijo que esto exponía tales reservas en los mercados especulativos, en la medida en que se entiende entonces que cuando se comercien los petros, en el fondo, lo que se estará negociando serán aquellas.

No vamos a insistir mucho más sobre ellos pues lo fundamental ya lo dijimos en aquel texto. Y hasta la fecha, nadie ha contra argumentado nada sólido a no ser declaraciones de principio o de intención con respecto a que la idea no es que eso ocurra. Estamos seguros que la idea no es que eso ocurra. Pero que no lo sea, no quiere decir que no pase.

En esta segunda parte, quería dedicarme más bien a un riesgo adicional que no está inspirado tanto en lo dicho por el presidente sino en declaraciones de funcionarios tales como, por ejemplo y sobre todo, el superintendente nombrado para el tema, el abogado ex opositor Carlos Vargas. Y es que, según éste, “el Petro podrá ser empleado para la realización de compras cotidianas de bienes y servicios” dado lo cual “podrá ser adquirido en bolívares o en cualquier divisa”. Para ello, “la ANC deberá aprobar una ley que autorice la creación y operación de las casas de cambio digitales, donde se podrán hacer este tipo de transacciones”. Y remata: “Obviamente el mecanismo permitirá el uso de las otras criptomonedas que están actualmente en circulación”.

Como se ve, estas declaraciones no solo representan otra cosa distinta a lo inicialmente planteado por el presidente Maduro –en la cual el Petro funcionaría como una especie de “cripto-divisa”, “cripto-bono” o “cripto-título” negociable en mercados secundarios internacionales, con todo lo que eso implica. Sino que entrañan un problema distinto: y es que, puesta así las cosas, lo que está planteando Vargas, es nada menos, que la desaparición del Bolívar como moneda de curso legal en el país.

Pero además, de toda la institucionalidad monetaria, financiera y económica que acompaña y soporta (o debería soportar) al Bolívar, incluyendo el BCV, y hasta de las disposiciones en materia económica contenidas en la actual Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

Este es un asunto que fue planteado el día de ayer domingo 17 de diciembre –significativamente, día de Conmemoración de la muerte de nuestro Libertador Simón Bolívar-, por el profesor y multipremiado escritor Luis Brito García en un extraordinario artículo titulado Petro II. De mi parte, lo he venido planteando hace ya bastante tiempo con respecto a la dolarización de hecho que ha venido ocurriendo de la economía venezolana (ver al menos: Sobre la necesidad de detener la dolarización de hecho, Las casas de cambio colombianas y la guerra económica, El BCV y la Ley de Gresham, El Bolívar fuerte y sus enemigos, La emboscada contra Chávez y su moneda), a cómo el dólar desplaza al bolívar en cuanto medio de intercambio, unidad de cuenta y reserva de valor –que son las tres funciones de toda moneda, virtual o real- siendo que solo falta que desaparezca (o termine de desaparecer) de las calles y las cuentas y definitivamente del imaginario nacional.

Más allá de lo estrictamente económico, esto plantea para la Revolución Bolivariana en su actual etapa un dilema político, cultural e histórico para nada menor: ¿tocará ver en esta Quinta República, la bolivariana, la expulsión definitiva y tantas veces añorada por algunos del Bolívar como moneda nacional, una de las monedas más antiguas del mundo y por lejos de la región (cumplirá 150 años el venidero 2019), tal vez la única que conserve el nombre de su Prócer principal, y por lo tanto, conservada como emblema de integridad nacional?

El efecto Gresham.

Desde luego estamos convencidos de que la intención no es que nada de esto ocurra. Pero como decíamos líneas atrás, se trata del tipo de cosas que ocurren como parte de los efectos no deseados de tales o cuales medidas, en este caso monetarias. Para explicarlo mejor, revisemos una vieja pero útil categoría de análisis económico llamada “el efecto Gresham” o “ley de Gresham”, denominada así en recuerdo de su formulador, el comerciante y financiero inglés fundador de la Bolsa de Londres en el siglo XVI Sir Thomas Gresham.

La ley de Gresham formula que, cuando en un mismo sistema monetario circulan dos o más clases de monedas, ya sea por razones físicas o porque tienen distinto origen, la gente tenderá a atesorar la más fuerte y a utilizar las otras para las transacciones corrientes, e inclusive, tenderá a desecharlas. Como resultado: a mediano y largo plazo, la “buena” moneda expulsará del mercado a la “mala”.

En la Inglaterra isabelina en la cual Gresham formuló su ley, se daba el caso que circulaban monedas de oro y de plata. Una onza de oro amonedado equivalía a cierta cantidad de monedas de plata. En consecuencia, nadie entregaba oro acuñado y en el mercado terminaban circulando puras monedas de plata. La razón era que al tener el oro un valor en cuanto metal precioso superior al de su valor nominal como moneda, la gente –y en realidad los comerciantes– tendían a quedarse con las “buenas” monedas de oro para fundirlas y atesorarlas o venderlas, tendiendo en contraprestación a deshacerse de las “malas” de plata.

En el marco de la guerra contra el bolívar desatada desde principios de 2013, al establecerse contra éste tipos de cambio adulterados como los que operan desde Colombia y los portales web ante la pasividad e inoperancia de los entes reguladores, se provocó el proceso hiperespeculativo cambiario, de precios e incluso de contrabando del signo monetario que padecemos actualmente con singular fiereza. Esto, a su vez, generó la situación en la cual nuestra moneda se ha venido “enfermando”, siendo el principal síntoma de esta enfermedad el que la gente sienta que cada vez tiene menos valor, es decir, menos poder adquisitivo, y por tanto, tienda cada vez más a desecharla ya no solo por el dólar (que se ha vuelto inaccesible para la mayoría dado su precio), sino incluso por cualquier bien que funcione como reserva de valor así sea coyuntural (por caso: quien compra electrodomésticos para “engordarlos” y/o revenderlos), y hasta a despreciarla como medio de intercambio (el retorno observado actualmente a los “bienes monedas” o trueke primario, donde la gente que paga o cobra servicios o bienes con oros bienes o servicios).

La gravísima escasez de efectivo que también padecemos –en contrasta con las cantidades obscenas de billetes que siguen fugándose y son comercializados impunemente en Colombia-, potenciada por las recurrentes devaluaciones y por el cambio del cono monetario, que pese a su “necesidad” se quiera o no, refuerza la percepción de pérdida de valor del Bolívar y por tanto el ánimo colectivo a desecharlo (por no hablar de las formas de aplicación de dicho cambio), han traído al Bolívar al cuadro crítico actual: de las tres funciones clásicas que deben cumplir las monedas –medio de intercambio, unidad de cuenta y reserva de valor- a duras penas ya solo cumple con la primera. Y es en este contexto que aparece El Petro.

Los patacones argentinos y el caso Zimbabue

En Argentina, a raíz de la crisis de la convertibilidad de los años 90 y principios de 2000, las autoridades monetarias se vieron forzados a poner en circulación –o a aceptar lo que venía ocurriendo por la vía del hecho- trece “cuasimonedas” distintas al Peso (moneda oficial desde 1992 en reemplazo del Austral devorado por la hiperinflación de la década de los 80). La más famosa de estas cuasimonedas fueron Los Patacones, además del Lecor, el Quebracho, Cecacor y el Bocade. En sentido estricto, fueron bonos provinciales que sirvieron para contener el estallido social generando un circuito monetario alternativo con restricciones que variaban según la región, sirviendo para pagar sueldos de los empleados públicos, jubilaciones y deudas con los proveedores. En su momento cumbre, los bonos llegaron a equivaler a más de la mitad del circulante en pesos. Esto fue así hasta la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia quien rescató al peso y sacó de circulación a las cuasimonedas.

Más recientemente, tenemos el caso de Zimbabue. Como se recordará, este país atravesó luego de las sanciones impuestas por los Estados Unidos y la Unión Europea así como su conflicto de deuda externa con el FMI, un proceso hiperinflacionario prácticamente inédito a nivel mundial. Entre otras consecuencias, esto llevó a la desaparición de la moneda nacional (el dólar zimbabuense) y su reemplazo por el dólar norteamericano y el rand surafricano, si bien igual circulan la pula Botsuana, el euro, la libra esterlina y hasta el dólar australiano. En la actualidad, Zimbabue navega sin rumbo en un mar de incertidumbre económica y política, pasando de la hiperinflación a la deflación para luego volver a la inflación todo esto sin perspectivas de mejoramiento. Y es uno de los países de África y el mundo donde más se compran bitcoins, siendo que de hecho, el disparo en la cotización de esta criptomoneda en días recientes estuvo relacionado con el golpe de estado que sacó a Mugabe de la presidencia. Los pocos habitantes de este país con medios para comprar criptomonedas huyen hacia la misma como reserva de valor y vía para fugar capitales.

Valga recordar que Steve Hanke, el ideólogo favorito de los dolarizadores y actual asesor de la página dólar today, a quien hemos denunciado varias veces como uno de los principales instigadores de los ataques especulativos contra el bolívar –sino el principal- ha jugado un papel estelar también en el caso africano, caso al que Pasqualina Curcio define muy bien como de “laboratorio de guerra”.

La nueva moneda del Alexis Vive

En días recientes nos enteramos que el colectivo del 23 de enero Alexis Vive” hizo el lanzamiento de su propia moneda: El Panal, equivalente a 5 mil bolívares. Se trata este de un tema particular, pues estamos hablando de un tipo de moneda comunal de las contempladas en la Ley del Sistema Económico Comunal de 2010. Sin embargo, es notorio que en las declaraciones recogidas en medios, lo que destaca es la necesidad de su emisión ante la falta de circulante en bolívares.

El Petro: ¿el fin del bolívar?

Como señala Brito García en su artículo citado líneas arriba, de emitirse El Petro y funcionar en los términos descritos por Carlos Vargas y otros voceros (que difieren de lo dicho inicialmente por el presidente Maduro) al tiempo de permitirse la libre circulación de otras criptomonedas, habría que despedirse entonces del Bolívar como efecto no deseado de esta alquimia monetaria. De hecho, ya en la practica -insistimos- esto viene pasando, y en el caso específico de las criptomonedas Venezuela ya es uno de los países donde más se ha popularizado su uso por más marginal que siga siendo (el volumen semanal de transacciones en un portal concurrido ha ascendido desde 225.000 dólares a casi 2,1 millones en menos de un año, más que el de países más grandes de la región como Brasil y Argentina). De más no está decir de todos modos que para que esto ocurra oficialmente debe reformarse la Constitución, específicamente el artículo 318 donde reza textual que “La unidad monetaria de la República Bolivariana de Venezuela es el bolívar”.