¿Quién controla la moneda?

Nuestra época es víctima del regreso de los demonios monetarios. Pero los esquemas de pensamientos heredados de lo que se llama sin reír “la ciencia económica” son incapaces de llegar a conocerlos. Nunca se ha hablado tanto de la moneda; nunca se ha asistido a mayor confusión en el discurso.

Michel Aglietta / André Orléan. La violencia de la moneda.

En 1995 Leopoldo Díaz Bruzual –a la sazón, presidente del BCV en tiempos de Herrera Campins– publicó un libro en el que llega a una tesis bastante estrambótica, después de haber pasado no obstante por un análisis bastante riguroso del problema de la moneda y el dinero. El libro lleva por título El poder monetario, siendo que su propuesta era la constitución de un Poder equivalente al Ejecutivo y el Legislativo. Algo así como un súper Banco Central con autonomía plena.

La idea era del todo novedosa, pues de alguna manera eso más o menos es la Reserva Federal norteamericana. Sin embargo, no debía confundirse con la propuesta neoliberal de la independencia absoluta de los bancos centrales, que en realidad no es independencia alguna sino la subordinación de dichas instituciones a los designios y caprichos de los grandes poderes especulativos que hacen vida en el mundo de las grandes finanzas. De hecho, la reflexión de Díaz Bruzual empieza por ahí: pues en realidad lo que afirma a lo largo y ancho de la obra es que el crecimiento vertiginoso experimentado por las finanzas mundiales hace peligrar los países, las democracias y a todos los ciudadanos, por lo que hace falta contraponerle mecanismos de defensa.

De más no está decir que Díaz Bruzual todavía cargaba encima el trauma del Viernes Negro de 1983, cuando ejerciendo como presidente del BCV, no solo tuvo que vérselas con los ataques especulativos externos (subida de las tasas de interés de la FED, eliminación del patrón oro, crecimiento del mercado especulativos de eurodólares, etc.), sino además con internos, expresados sobre todo en la violenta fuga de capitales que al menos desde 1978 se disparó vaciando las arcas de la República. La combinación de ambos factores empujó los acontecimientos de febrero de 1983, siendo que Bruzual entabló dura batalla contra los hombres fuertes del gobierno de Herrera Campins saliendo derrotado. A todas estas, la propuesta de Díaz Bruzual en aquel entonces no era menos neoliberal ni monetarista que la del gabinete del presidente copeyano. Pero sí diferenciaba en un punto neurálgico: estaba negado a reconocer la deuda privada como pública, a darle a los privados –que habían endeudado al país– tratamiento preferencial, y menos aún en las condiciones draconianas impuestas por la banca internacional. Arturo Sosa Fernández, pieza importante del grupo Vollmer, era el ministro de Hacienda (Economía) de aquel entonces. Y de la misma manera que endeudó al país en 1958 ocupando ese mismo cargo, lo haría en el 83 acelerando la ruina nacional. Ese Arturo Sosa Fernández es el papá del actual Arturo Sosa Abascal, el nuevo jefe mundial de los Jesuitas y por supuesto favorito de los amos de la prensa nacional que tan buen recuerdo tienen de su padre.

Como quiera, a lo que íbamos es que en El poder monetario Bruzual ahondará en una idea central: lejos de ser un elemento neutral en las transacciones económicas –una especie de velo o de lubricante de las fuerzas del mercado– como sostiene la mayoría de los economistas convencionales, la moneda, por sus formas jurídicas, sus modalidades de emisión, por su volumen circunstancial, es en sí misma una fuerza del mercado, que da a quienes tienen el poder de influir sobre ella un poder sobredimensionado que mucho tiene que ver con la prosperidad o la ruina de las naciones, en el dominio de unos poderes sociales sobre los otros y en la manera como se han estructurado y actuado los grupos económicos en las pujas por la distribución del ingreso social, nacional y mundial.

Cuando salió publicado el libro de Bruzual corría el año 1995. Y como para confirmar sus palabras el país entero se encontraba de nuevo en la ruina una vez que los grandes barones de la banca nacional decidieron enfrentarse por el control del sector. Dos años antes había muerto Pedro Tinoco, el “genio” detrás del Banco Latino, el Pedro de los 12 Apóstoles de CAP, el hombre de Rockefeller en Venezuela, el socio de Cisneros y presidente del BCV durante su segundo mandato: la quiebra del sistema financiero en 1994 fue su gran legado.

Todo esto para decir que si bien de derecho no puede existir en democracia algo así como un Poder Monetario independiente de la voluntad de las mayorías, tampoco y mucho menos puede existir de hecho dicho poder. Y eso es, en efecto, lo que estamos padeciendo en estos días todos y todas los venezolanos y las venezolanas: un poder monetario no electo, con poder para decidir sobre la vida y la muerte, para imponer la ruina, arrasar las expectativas y torcer el brazo de manera cínica, impune y demencial a todo lo que se le atraviese. Chávez y los constituyentes de 1999 entendieron muy bien esto y por ello en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, el BCV y la política monetaria pasan a ser herramientas de la Nación para la salvaguarda de sus intereses constitucionales mayoritarios, entre ellos, la paz y la soberanía.

Pero como dijo el filósofo: un poder que no se ejerce no es un poder. Y mientras el presidente y el país todo se baten en lucha contra el poder monetario de facto, del BCV nada más sabemos cuando aumentan los montos de las transacciones bancarias y otras ocasiones así.