El último round / Una mezcla de pendeja con masoquista

Por: Jessica Dos Santos Jardim

Mis viejos huyeron de un Portugal convulso, golpeado por la guerra, por el yugo de la dictadura salazarista, con una revolución de claveles que se marchitaron antes de que Gerald Ford tuviese que intervenir (o a la par de su intervención). Ese colapso económico, político y social me permitió nacer en Venezuela. Mi nacionalidad es producto de la migración, y esto me trajo algunos “traumas” infantiles. De niña, yo quería construir mi árbol genealógico, saber de dónde venía, para entender un poco dónde estaba, hacia dónde quería ir, pero era muy complejo eso de nombrar lo que uno no ha visto, eso de amar lo que uno no conoce, por ejemplo, a esa enorme familia que aparentemente yo poseía, en algún remoto lugar del mundo. Yo quería tener abuelos, tíos, primos, pero al parecer ir o recibir visitas era mucho más complejo que ahora. Por aquellos años el boleto era de ida, generalmente sin vuelta. Mis padres tardaron casi 30 años en regresar al “viejo continente” que tanto anhelan y exaltan, para darse cuenta de que su país ya no era su hogar, que buena parte de lo que hoy son reposa acá, en esta “tierra de gracia”, donde han sido recibidos por la calidez o expulsados por la incomprensión, de donde no quieren irse, aun y cuando son lo más férreos opositores.

Aquel viaje también me sirvió para comprender, sin el transcurrir de tantas décadas, a dónde pertenezco. Recuerdo que, en mi adolescencia, cuando empecé a leer al Che Guevara, me topé con el siguiente párrafo:

“Caracas se extiende a lo largo de un angosto valle que la ciñe y la oprime en sentido transversal, de modo que, a poco andar se inicia la trepada de los cerros que la circundan y la progresista ciudad queda tendida a nuestros pies, mientras se inicia un nuevo aspecto de su faz multifacética. Viven los propios (venezolanos) y un nuevo ejemplar de esclavo: el portugués. Los dos han iniciado una dura vida en común poblada de rencillas y pequeñeces de toda índole. El desprecio y la pobreza los unen en la lucha cotidiana, pero el diferente modo de encarar la vida los separa completamente; el venezolano es indolente y soñador, se gasta sus pesitos en cualquier frivolidad o en ‘pegarse unos palos’, el europeo tiene una tradición de trabajo y de ahorro que lo persigue hasta este rincón de América”.

El Che que escribía estas notas, a finales de 1951, mediados del 52, tenía solo 24 años, quizás por eso usaba esos argumentos con tendencia “eurocentrista”, donde todo lo demás estaba “deformado o incompleto”, por la sencilla razón de que no lo comprendía ni conocía los contextos históricos necesarios.

En aquel entonces sentí que ese eurocentrismo era una mierda, pero el chauvinismo (creer que lo propio del país al que uno pertenece es lo mejor en cualquier aspecto), usado mayormente con fines políticos, también. Sin embargo, el Che me dio la clave: “El desprecio y la pobreza los unen en la lucha cotidiana”. De esa forma yo comprendí que mis raíces no estaban en un continente, sino en una clase social, pues, aunque a algunos (léase algunos) migrantes “les haya ido bien” (casa, carro, negocios, etc.) en tierras venezolanas y aunque algunos (léase algunos) de sus hijos (nacidos acá) se crean superiores por esa descendencia, la verdad es que nuestros viejos llegaron a este suelo tras haber sido marginados y expulsados por el suyo, por esa Europa que era “cuna de la cultura y de las grandes civilizaciones”, pero no podía garantizarles una cama digna. Sin embargo, seguí preguntándome: ¿Qué es la patria? ¿Es solo un concepto que niega la división interna de la sociedad para afirmar la externa? Aun no lo sé, pero tengo dos pequeñas certezas: la patria no reside en una marca (como afirman todos aquellos que desde afuera “extrañan a Venezuela” porque en sus nuevos países de residencia no consiguen determinados productos Polar, Nestlé, etc.), y tampoco son los paisajes (el Gran Cañón o las Cataratas del Niágara también han de ser hermosas), ni el clima lo que nos llevan a amar el espacio donde nacimos. Algo más ha de haber. Algo alejado de intereses impuestos.

Esta duda ha regresado con más fuerza ahora que al parecer muchos venezolanos han decidido irse de la patria. Las trasnacionales de la comunicación hablan de un millón y medio, la Agencia Central de Inteligencia estadounidense dice que son un millón a secas, las Naciones Unidas habla de 800 mil, desde 1999, año en que Hugo Chávez asumió el gobierno, hasta la actualidad, con sus momentos picos en el post golpe de Estado del año 2002, en el post referendo revocatorio presidencial del 2004, y hoy. En donde sí existe coincidencia es en el perfil de los que emigran y en los países de destino: personas jóvenes (ubicadas entre los 18 y 35 años), profesionales (36% son licenciados, 46% posee maestría, 12% doctorado, y 4% son técnicos superiores universitarios) y tenedores de capital cuya contribución al PIB del Estado es la mayor. Los países destino son: Estados Unidos (donde se estima que viven alrededor de 260 mil venezolanos en condiciones legales), España (donde habitan 200 mil, aunque se cree que el número podría ser superior, ya que muchos venezolanos poseen pasaportes europeos al ser descendientes de portugueses, españoles e italianos, por lo que no aparecen en los registros de inmigrantes), Panamá, Colombia, Italia, Portugal, Canadá y República Dominicana. En el mundo los estratos más pobres de la población suelen ser los emigrantes naturales por razones económicas. Sin embargo, en Venezuela no es así. Según Datanalisis la mayoría de los emigrantes venezolanos pertenecen a los estratos A y B.

Pero más allá de eso, incluso obviándolo por completo, creo que todos tenemos familiares, amigos, o conocidos, que, por la razón que sea, se han ido, y el hecho hasta nos ha dolido. ¿Creen que puedo yo, tras la historia con la que inicié este texto, juzgar eso? No, no quiero. Tampoco le voy a desear a nadie que termine “limpiando mesas”, “comiendo m…”, y todas esas oraciones clichés, ciertas o no, del que se queda. Pero si hay algo que puedo y quiero exigir es que respeten mi soberano derecho a quedarme. Estoy profundamente ladillada del “¿Y tú qué haces todavía aquí/ahí?, ¿por qué no te vas?”. Porque no quiero. Puedo, pero no quiero. Acá tengo satisfacciones y carencias, en todos los sentidos. No ando con guardaespaldas, ni enchufada con nadie. Me han atracado varias veces y he pasado roncha, por motivos económicos, muchas otras. Pero creo que mi lugar es este. Es mi espacio natural. Me gusta. Y no tolero que nadie me juzgue o me cuestione por mi elección, de la misma manera que no me permito juzgar o cuestionar a nadie por las suyas. No soy masoquista ni conformista, no es una actitud rebelde ni caprichosa, no es un alarde de nacionalismo, no es miedo a lo desconocido, no es una posición político-partidista. Es una decisión personalísima que merece respeto. Si quienes hemos decidido quedarnos tenemos que padecer sus: “Eres un fracasado/cagado/maldito chavista/etc.”, “Ojalá te secuestren”, “Ojalá no consigas tal medicamento”; pues lo mismo pudiera aplicar a la inversa: “Ojalá no consigas empleo”, “Ojalá te discriminen”, etc., y no es la nota ¿cierto?

Me niego rotundamente a que algunos quieran que tengamos que sentir vergüenza por quedarnos en el país de la vida entera, que por todos los costados intenten hacernos sentir como unos güevones por nuestra decisión. Según el portal Efecto Cocuyo en “el año 2016 el que no quiera irse de Venezuela es una mezcla de pendejo con masoquista, algo que muy pocos están dispuestos a admitir públicamente”. ¿Por qué? ¿Cuál es el objetivo y el afán de acabar con la moral y la esperanza del que se queda, del que recita con Benedetti que “este país que nunca sueña es el único sitio donde el aire es mi aire y la culpa es mi culpa”?